Leonardo Navarte desde Perú
Pero lo que no supieron fue que así como ellos habían estado trabajando para ayudar a Amira, los espíritus que acompañaban a David habían hecho lo suyo.
Y aunque luego al espíritu del abuelo de Amira le costara aceptarlo, la verdad es que los espíritus suecos eran bastante más eficientes que los latinos. Claro, pero seguramente no la viven tanto, decía él a los otros para consolarlos, pero sobre todo lo hacía para consolarse a sí mismo. El abuelo siempre había sido orgulloso.
En los precisos momentos en los que un volcán rugía después de centurias en el medio del Congo, sonó el timbre de la casa de Amira. Obviamente Amira pudo escuhar el din-don porque ese volcán y el Congo quedaban muy lejos de su casa.
Cuando abrió la puerta se puso tan transparente que cualquiera que hubiese estado delante de ella hubiese visto al señor con patillas rojas y en faldas que se encontraba dentro de ella. Sí, fue la primera vez que David vio a su espíritu travieso a los ojos. Sonrieron.
David se encontraba al otro lado de la puerta de Amira sin moverse o decir palabra. Tuvo que ser Amira, que luego de recuperarse y recuperar su color, abrazó a David con todas sus fuerzas: ¡¿Qué haces aquí?! ¿Es que vienes a devolverme mi espíritu?
David, aún aprisionado por esos brazos finitos pero tenaces, le respondió: No, he venido para decirte que no te lo puedo devolver.
Ambos dieron un paso hacia atrás y se quedaron petrificados, salvo sus ojos que estaban más vivos que nunca. Entonces él habló…
Lo que pasa es que para dártelo tendríamos que besarnos… y la verdad es que no me gustó el primero que nos dimos… Amira sintió que se resquebrajaba y que su cuerpo se iba a desarmar ahí mismo, sobre ese tapete que decía “welcome” y que nunca le gustó, pero David reaccionó a tiempo… Esteee, disculpa, creo que la broma sonaba mejor en sueco, soy un tonto… es que no sabía qué decir.
Entonces Amira lo miró con cara de que lo quería matar y luego comenzó a reir y a reir, y David rió y rió, cada vez más y más fuerte, tanto pero tanto, que algunos vecinos que veían las noticias sobre el volcán del Congo creyeron que había despertado uno igual en el vecindario.
Al día siguiente, cuando Amira fue a visitar la casa de Magdalena, todos los espíritus que la habitaban no pudieron con su ansiedad y rompieron el pacto que habían hecho años atrás con la abuela. Tenían que decirle que ya sabían cómo llevarla hasta Suecia… hasta David.
Pero ella, muy tranquila, les respondió: ya no es necesario, David vino a visitarme ayer a mi casa.
¡El alboroto que se armó! La abuela y toda la familia de Amira fue rápido al lugar de donde provenía aquella bulla. Allí encontraron a Amira sentada y rodeada por lucecitas que la iluminaban a ella y a toda la habitación. No fue necesario decir palabra, todos entendieron y se acomodaron como mejor pudieron para escuhar lo que tenía que decir.
Amira los miró a todos y les contó lo sucedido. David vino ayer a mi casa para hablarme y decirme que no podía devolverme mi espíritu. Su papá miró extrañado a su esposa, la mamá de Amira, pero ella le hizo aquella seña que le hacía cada vez que la explicación vendría después. Y no podía devolvérmelo porque si bien no podía estar conmigo, porque vivía muy lejos, así se aseguraría de pensar siempre en mí hasta el último de sus días.
Todas las mujeres de la habitación, aquellas con unos kilitos de más y aquellas sin peso alguno, suspiraron al unísono.
Ese día fue especialmente lindo en la casa de la abuela. Todos celebraron a su manera sin saber muy bien porqué. Hasta el espíritu travieso estaba contento y saltaba por toda la casa. Entonces la bisabuela le preguntó al abuelo: Oye y a ese qué le pasa, acaso no se ha dado cuenta que ya no podrá volver a sus tierras. Ya no te preocupes por él, si está así de contento es porque ya es uno de los nuestros. Viejo, y qué pasará con los chicos. Esas son cosas del Orinoco, y ya dejémoslos tranquilos que cada uno tiene mucho pan por rebanar.
